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miércoles, 9 de mayo de 2007

UNA NOCHE CON LOS MASONES EN LA CUPULA DEL PODER

Los hijos de la viuda, librepensadores, francmasones, hijos de la luz o constructores son insultantemente afables. Más de lo que uno imaginaría cuando es besado tres veces -saludo ritual- y se adentra en La Respetable Logia Simbólica Cibeles 131.

Desde el minuto cero detecto dos pilastras que simulan la entrada del Templo de Salomón. La de la izquierda se llama B y a sus pies reposa una piedra de cantería sin desbastar que recuerda qué se ha ido a hacer a ese lugar: convertirse en un sillar cúbico perfecto como el que yace bajo el J. Por pisar el lugar que acabo de trasponer, hace no mucho, mis huesos habrían terminado en un cementerio civil.

Dispuesto en forma cuadrangular y rodeado de doce columnas, se aprecia un techo de azul índigo, símbolo de la bóveda celeste, y paredes rojo-sangre que delatan su adscripción al Rito Escocés Antiguo y Aceptado (mi principio de alzheimer me exime de preguntar cuántos ritos existen). Con las tres banderas en el suelo, un damero evoca dualidad y las sillas corridas a ambos lados -como un tranvía, matizaría Gloria Fuertes- conducen hasta el Oriente, donde preside la consabida escuadra y el compás, encabezada por el acróstico ALGDGADU: a la gloria del
Gran Arquitecto del Universo. Allí se sentará el Venerable Maestro Pro Tempore, Miguel Ángel de Foruria, con un faldón adornando su mesa donde reza: «Libertad, igualdad y fraternidad», que no fue máxima ideada por Robespierre, sino por estos hijos de la viuda.

Completan mi primera visual una Biblia -que pudiera ser la Torá o el Corán como símbolo de verdad revelada- y tres banderas: la de la Comunidad, la Española y la Europea. Dicho sin respirar, a uno le cabe pensar que los masones son unos chicos muy listos para retener tanta simbología como les cabe en sesenta metros cuadrados. Al menos, me han dejado una libreta para ir garabateando lo que está por venir. Desisto de relatar la disposición del Secretario, Orador, Hospitalario y Tesorero, así como el primer y segundo Vigilante. Sirva decir que tienen pupitre propio.

Mis palpitaciones suben a cien: el Maestro de Ceremonia, de negro impoluto, se dirige a los profanos con bastón en ristre. De tal guisa y golpeando con el báculo en el suelo, llama a los hermanos que penetran en el templo -al compás de «La flauta mágica» de Mozart, ¡cómo no!- por grupos de menor a mayor rango: aprendices, compañeros, maestros, oficiales y dignatarios de la Logia... Por último, el Venerable Maestro. Por sus mandiles les conoceréis -cuya tradición dicta que estén bordados por sus parejas-: de blanco para los dos primeros grupos y ribeteado en
rojo para el resto. Sólo las Taus adornan a los Maestros Instalados. Algunos llevan bandas al pecho cual militares, pero no seré yo la cronista de los ajines.

El trajín me ha impedido reparar en lo más evidente: una plomada que cae del techo hasta el epicentro de un triángulo isósceles conformado por tres columnas: sabiduría, fuerza y belleza. El Venerable pega un zurriagazo con el mallete y le responden el primer y segundo vigilantes. Todo está pautado y aquilatado. Cuesta imaginar a Einstein, Roosevelt, Kipling o el patrio Ramón y Cajal cumpliendo estas mismas reglas, pero lo que estoy viendo se repite desde hace siglos y ha pervivido de forma oral.

En perfecta coreografía se prenden tres velas: que la sabiduría presida nuestros trabajos, que la fuerza los sostenga y que la belleza los adorne (la fuerza que acompaña a los jedis es un guiño de Lucas a sus hermanos masones) y el Orador sentencia: por el bien de la humanidad y a la mayor
gloria del universo. Como el que no quiere la cosa, se abren los trabajos. Se procede a la Lectura de Plancha, que no es otra cosa que la reflexión sobre un tema, escorando política y religión. Sin discusión ni debate, cada uno expresa su opinión dirigiéndose al oriente. Todos... menos los Aprendices, que no dirán ni «mu». El mandamás cambia de tercio para hablar «Por el bien de la Logia y la Masonería», primero, y después hacer Circular el Tronco de la Viuda -cepillo donde todos tienen obligación de meter el puño cerrado para echar dinero o sacarlo- que terminará en manos del Hospitalario, quien, antes de guardarlo a buen recaudo, lo ofrecerá para algún hermano masón u otra persona de necesidad.

La Cadena de Unión anticipa el final: todos en pie con los brazos entrelazados entran en meditación, simbolizando la unión de los hermanos francmasones. Retumba el mallete, dando por cerrados los trabajos. La tenida blanca para profanos ha concluido. Confieso tanta envidia al observar cómo se quieren que en el camino de vuelta acaricio una idea: si todos fuésemos masones, ¿el mundo iría mejor?

Tomado de: www.larazon. es - 29-04-2007

3 comentarios:

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