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lunes, 18 de junio de 2007

LA FRANCMASONERIA LIBERAL

La importante escisión que se produjo a principios del siglo XIX entre la Gran Logia de Inglaterra y la de Francia, supuso durante años una absurda pero importante barrera entre masones que, afortunadamente, se va diluyendo poco a poco.

En estos momentos, y por razones de progreso social, los masones regulares o anglosajones que se consideraron a sí mismos como los únicos depositarios de los antiguos Landmarks, están transigiendo con los principios liberales que alumbraron nuestra Obediencia desde el origen de la Humanidad, venciendo así algunas reminiscencias victorianas a las que aún se aferran.

El origen de esta separación fue más político que masónico, ya que los principios éticos de ambas órdenes son los mismos y los hechos más o menos son los que se cuentan a continuación.

El principio de gobierno sinárquico que la masonería defendió siempre, y de cuyo beneficio social y económico fue ejemplo el impresionante éxito logrado por el sistema de gobierno templario, se empezó a plantear de nuevo en la Francia de finales del XVIII, ya que las logias no aceptaban las continuas equivocaciones de los reyes que estaban arruinando al país.

Esta importante actividad política basada en nuestro lema: Libertad, Igualdad y Fraternidad, llevó a Francia a la Revolución, pesadilla que algunos consideraban lícita y necesaria para alcanzar un sistema de gobierno justo, basado en los principios de la República democrática.

El éxito del pensamiento liberal masónico, hizo que Francia pasase de tener unas doscientas logias a principios de siglo, cuando Napoleón I fue iniciado, a más de mil doscientas en 1814, cuando el emperador fue destronado y exilado a Elba.

Durante la Tercera República la Iglesia tomó partido en la vida política y se declaró abiertamente monárquica y conservadora, lo que generó un movimiento anticlerical en la masonería francesa que no estaba dispuesta a retroceder en los logros conseguidos en defensa de la Democracia y del respeto por los Derechos Humanos.

En 1877 el Gran Maestre Frederic Desmons, ex-pastor protestante que había renunciado a su ministerio para dedicarse a la política, suprimió en su Obediencia, `El Gran Oriente de Francia', la obligación de tener que trabajar para la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

No implicaba el menor carácter ateo, sino exclusivamente una prueba más de la escrupulosa tolerancia hacia las libertades ideológicas que debe defender la masonería.

Esta valiente decisión, que, repito, en modo alguno inducía al ateísmo a los masones, fue considerada como herética por los sajones, que rompieron los lazos de fraternidad con Francia, quizás porque la Gran Logia de Inglaterra estaba principalmente constituida por nobles y príncipes de la Iglesia anglicana cuya soberanía autárquica y tradicionalista se veía cuestionada por las ideas renovadoras del liberalismo sinárquico.

A partir de ese momento se considera que hay dos masonerías: la regular o anglosajona y la liberal o francesa.

Al principio comentaba que estas barreras están cada vez diluidas y afortunadamente hoy día, a pesar de que una de las características propias de la sociedad inglesa sea aferrarse a sus antiguas tradiciones, los regulares ya sólo mantienen rígida la norma de no admitir a las mujeres en su Orden, lo que quizás permita augurar una próxima y feliz reunificación.

En cuanto al polémico y manoseado asunto del ateísmo masónico, quiero aclarar tres puntos para negar las falacias divulgadas por nuestros detractores, y que los profanos deben conocer para entender nuestra postura ante la Iglesia:

La masonería nunca se ha enfrentado a la Iglesia católica ni a ninguna otra, simplemente respetamos por igual todas las religiones de la tierra, postura que ha sido interpretada como herética al no reconocer como única religión verdadera a la cristiana.

Esta actitud ecléctica es la que ha provocado que algún Papa, no todos ya que en el Vaticano la interpretació n de la palabra de Dios varía en función de las ideas políticas de cada Pontífice, nos haya declarado la guerra, sometiéndonos a crueles persecuciones que algunos de sus secuaces, Fernando VII, Franco, Hitler, Mussolini, etc., han ejecutado en su nombre.

Entre nosotros la palabra `Libertad' es sagrada y sólo implica que cada cual puede pensar o creer en lo que considere oportuno, sin ejercer ni divulgar el menor condicionamiento político o religioso.

De hecho en todas las logias, tanto liberales como regulares, está prohibido hablar de política y de religión, y se trabaja para la gloria del Gran Arquitecto del Universo, interpretación que cada cual puede hacer libremente acorde con sus ideas religiosas.

El libro sagrado casi siempre es la Biblia, aunque no obligatoriamente, y un alto porcentaje de masones son cristianos.

El ateísmo obligado es una completa falacia y conductas antirreligiosas, como renegar de la Cruz o pisotearla, son invenciones de mentes enfermas, fanáticas o de simples vividores como aquel famoso de Leo Taxil, un estafador que después de ser encarcelado por varios timos, encontró un filón calumniando a la masonería*.

Respecto a la posible religiosidad de la masonería regular y el ateísmo de la liberal, hay que aclarar que fue contra la Gran Logia de Inglaterra contra la que el Papa Clemente XII dictó
en 1738 su bula In eminenti Apostolatus specul por la que condenaba radicalmente esta práctica, es decir, ciento treinta y nueve años antes de que el pastor Desmons liberalizase las ideas religiosas en su Oriente y la masonería liberal se reconociese laica (que no atea).

Por tanto no existen diferencias sustanciales en cuanto al liberalismo de ambas tendencias ya que ninguna promulga el ateísmo.

*Respecto a este individuo que afirmó que durante su pertenencia a la Obediencia había presenciado como la masonería era una secta cuyo objetivo era el culto satánico, creo oportuno hacer algún comentario ya que sus escritos han sido continuamente tomados al pie de la letra por las diferentes facciones antimasónicas.

Su nombre real era Gabriel Jogand Pagés y fue condenado a ocho años de cárcel en Marsella por organizar un escándalo (una supuesta invasión de tiburones en la bahía) para promocionar un periódico sensacionalista, llamado Le Marotte, que fue clausurado por las autoridades.

Consiguió huir a Ginebra donde preparó otra estafa arguyendo que estaba buscando una misteriosa ciudad romana que se encontraba bajo las aguas del lago Leman.

Salió de la cárcel gracias a una amnistía y escribió un libro divulgando los supuestos vicios del Papa Pío IX, esta vez la jugada le salió bien, ganó mucho dinero y cuando las ventas bajaron, declaró que todo había sido una mentira y que pedía volver a ser acogido por la Iglesia.

El Vaticano aceptó bajo cierto pacto.

Desde entonces empezó a escribir contra la masonería, de la que había sido irradiado al conocerse sus actividades delictivas.

Su cruzada antimasónica fue un éxito tan grande que llegó a crear personajes falsos como Sophia Walder, según él bisabuela del anticristo, y Diana Vaughan, también según su fantasía iniciada en una logia americana, consagrada a Satán y poseída por el diablo Asmodeus.

El cuento llegó a ser tan esperpéntico que hasta presentó cartas firmadas por el demonio Bitrú.

Al barruntar su error, Leo Taxil cambió la imagen de su heroína y la presentó como arrepentida de su pertenencia a la masonería, dispuesta a contribuir con la Iglesia, a denunciar los horrores de la Obediencia y a entregar cuantiosos donativos.

La bufonada llegó a lo grotesco cuando el Vaticano elogió a la inexistente señora y el cardenal Parochi, tras recibir un importante cantidad de dinero, le envió oficialmente la bendición apostólica en nombre del propio Papa.

El escándalo provocó que en 1896 se celebrase un Congreso antimasónico en Trenzo, con la participación de setecientos delegados, treinta y seis de ellos obispos.

En él, los delegados alemanes desenmascararon a Leo Taxil y toda la farsa creada en torno a la inexistente Diana Vaughan.

Entonces huyó a Francia y públicamente relató ante la Sociedad Geográfica de París, como durante doce años había engañado y estafado al Vaticano y a toda la Iglesia católica, ya que lógicamente todo lo que había escrito era falso, incluyendo la existencia de la tal señora, bendita a la sazón por el propio Papa.

Estos datos han sido contrastados y publicados por el padre Ferrer Benimelli, jesuita estudioso de la francmasonería.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El papel -en este caso la pantalla- es muy sufrido y lo aguanta todo. Por ello, si realmente sois librepensadores -como os proclamaís-, ¿porque no publicais opiniones divergentes con las vuestras?.
De esa manera, los lectores de éste blog, tendrían la oportunidad de contrastarlas. Esa opinión distinta, puede leerse en:
www.masoneria-mi-experiencia.blogspot.com

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